| Conversaciones con Paponio (29) |
¡Ay Paponio! debe ser que llega el Otoño o yo no sé que, pero hoy me encuentro entre entreverado y melancólico y con unas miajas de filosofía barata. El caso es que me ha dado por pensar, cosa que por cierto no debe ser muy buena, y plantearme la siguiente pregunta: ¿Por qué el desfile procesional tiene tanto predicamento entre el gran público y no le ocurre lo mismo a la celebración litúrgica, vulgo “misa”?
Quizás tenga que ver con sus escenas, me refiero a lo que cada paso representa. Sobre los tronos y parihuelas, y aderezado con un multicolor adorno floral y luminotécnico, el espectador se encuentra con escenas casi al cien por cien humanas, quedando muy en segundo plano lo “divino”. No abundan representaciones de un dios todopoderoso sino más bien todo lo contrario. Se presenta la encarnación humana de ese dios, lacerado, latigado y escarnecido, vamos, pasándolas muy pu... ¡uy perdón! quise decir pasándolo muy mal. Al igual que en literatura se ha utilizado la caída de los poderosos, narrando hazañas de gentes importantes venidas a menos, como catarsis colectiva con la que el pueblo sentía alivio a su situación de miseria, igual que hoy en día, y salvando las distancias, la representación catártica aparece en formato televisivo bajo el título de “Gran Hermano” (¡ay si Orwell levantara la cabeza!), la procesión es capaz de hacer comprender a la concurrencia creyente que un dios también puede sufrir y, a la descreída , que las miserias humanas no tienen edad, son universales y recurrentes. A todo esto ayuda la policromía de las sangres, los escorzos de cristos muertos, las angustias en los rostros femeninos, la hermosura de las tallas idealizadas... Sobre las andas vemos hombres y mujeres, y soldados y generales, y perros y burros, y sacerdotes, y burlones, gentes buenas y malas, en definitiva un trasunto de la sociedad. Ese es pues su éxito, esa es su fuerza, la fuerza de la cercanía, de lo cotidiano, de aquello que nos resulta conocido, en lo que un sufridor o sufridora es capaz de verse reflejado. Y esto desde luego está muy alejado del sermón en los púlpitos, y de las arengas cuasipolíticas a las que gran parte, que no toda, de la Iglesia nos tiene acostumbrados. “Humanitas versus Divinitas” AMÉN. |