Cuando en nuestra ciudad comienzan los denominados popularmente como meses de infierno, el calendario nos trae una de las fechas claves dentro del año litúrgico, el Corpus.
Que nadie piense que voy a escribir sobre la decisión del obispo sobre dicha procesión, en la calle podremos juzgar convenientemente si ha obrado bien o no.
Yo no se si mi situación es más o menos normal, ya que en nuestra ciudad multitud de papones están antes inscritos en su hermandad que en el registro civil. Y es normal ver pequeños paponines en brazos de sus padres o parientes, llevando en vez de la tradicional cruz, el chupete.
Yo la verdad no recuerdo desde cuando pago religiosamente mi cuota anual, pero lo que si recuerdo es mi primera procesión. Y en esa procesión no tuve que ajustarme el capillo, ni colocarme las tablas de la túnica.
Sino que solamente tuve que volverme a vestir como el día de mi 1ª Comunión, que había acontecido unas semanas antes. Compartí aquella procesión con mi primo, que también había hecho la comunión en fecha cercana a la mía, pero él al contrario que yo estaba mas avezado en los artes procesionales, ya que el sabía lo que era una procesión penitencial. No quedan en mi memoria retazos de aquella procesión, el tiempo ha borrado de mis recuerdos tanto el recorrido como donde iba situado, pero ha significado el punto de partida de mi vida procesional.
Tardaría todavía 5 años, hasta que por fin con mi primera túnica, aquel Jueves Santo mis pies comenzarían a andar un camino que hoy en día sigue a paso lento pero dándome muchas satisfacciones.
Este año regreso a mis orígenes procesionales, tras 17 años sin salir en el Corpus, pero esta vez no será aquel niño rubio, con su pajarita y su traje de primera comunión. Pero sin lugar a dudas la ilusión será la misma, el poder formar parte en este desfile.
Que no solo el vive cofrade de procesiones penitenciales. Sino que ser hermano es algo más, que pujar tu paso y llevarte cuatro flores de recuerdo.
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